"Evolución social, sí. Revolución social no". (A La Nación, Manifiesto del 6 de marzo de 1936)
PRESIDENCIA DE FEDERICO PÁEZ Encargado del Poder: Antonio Pons: del 21 de agosto al 25 de septiembre de 1935. Jefe Supremo: 26 de septiembre de 1935 a 23 de octubre de 1937. Primera Dama: Adelina Espinosa García.
INTROMISIÓN MILITAR
El último ministro de Gobierno del régimen de Velasco Ibarra, Antonio Pons, había renunciado poco antes de la precipitación del presidente. Éste nombró ministro de Gobiemo al coronel retirado Carlos Guerrero, pero la guarnición de Quito no aceptó la designación y entregó el mando supremo a Pons, médico guayaquileño de 37 años de edad, especializado en Europa. Pons militaba en el liberalismo y gozaba de la simpatía de Velasco. Fue concejal y alcalde de Guayaquil y rector del colegio Vicente Rocafuerte. El encargado del Poder convocó a elecciones. Participaron en ellas como candidatos Alejandro Ponce Borja, ex canciller de Velasco, por el Partido Conservador; Carlos Arroyo del Río, por el liberalismo radical; José Vicente Trujillo, por un ala del liberalismo y de la Izquierda, y el coronel Luis Larrea Alba por el socialismo y el comunismo. Pons se inclinaba por los dos candidatos liberales a quienes ayudaba, pero preveía el triunfo de los conservadores tanto por el prestigio intelectual y moral del candidato como por la sólida unidad del partido. Según la revista VISTAZO de Guayaquil, Pons no quería ni el triunfo de los conservadores ni el fraude electoral de "un bando o candidato de la Izquierda". Según el historiador Alfredo Pareja Diezcanseco, si triunfaban los conservadores, había la probabilidad de una guerra civil. A los 35 días del encargo y previo acuerdo con el Ejército, Pons pidió la renuncia a los ministros, y, sin tomar en cuenta al Congreso, presentó la renuncia ante la Junta de Oficiales de la Guarnición de Quito. Considerando que no había garantías para un gobierno constitucional, la Junta nombró encargado del mando supremo de la República a Federico Páez.
"EL QUINTO BOLCHEVIQUE"
Nacido en 1877, el quiteño Federico Páez estudió la primaria y secundaria en el Liceo Hoche, de París, e ingeniería en las universidades belgas de Gante y Bruselas. "Personaje simpático, cortés, benévolo, con el don de la camaradería amistosa, llano, inteligente, irónico, despreocupado, realista, de charla amenísima que hacía las delicias del Club Pichincha y de los corrillos de la Plaza Grande. Ingenioso a la quiteña, profesaba un escepticismo del mejor tono y era sumamente cínico a la manera francesa", escribe el historiador Lulis Robalino Dávila, citado por Eduardo Muñoz Borrero en el libro El palacio de Carondelet. Velasco Ibarra subrayó las carencias de Páez: "No ha sido un político, no ha sido un rebelde, no ha sido un escritor, no ha sido un orador, no ha sido nada y resulta jefe supremo de una democracia inflamada antes por Montalvo y dominada antes por García Moreno". Páez había sido senador funcional por la agricultura y acababa de ser nombrado ministro de Obras Públicas. Páez no pertenecía a ningún partido político, pero simpatizaba con el socialismo. Los senadores de Izquierda lo llamaban "el quinto bolchevique". El propio Páez diría más tarde: "Mi designación como jefe supremo fue una equivocación del Ejército ".
LA CIRCUNSTANCIA
Dado su talante sicológico, Páez empezó a gobernar favoreciendo a la izquierda. "Evolución social, sí; revolución social, no", fue su lema; pero cuando se le sublevó un batallón, Paéz se volvió duro y obsesivo. De su vertiente socialista quedan la fundación de la Caja del Seguro Social de Empleados Privados y Obreros (Instituto de Previsión Social) el 1 de mayo de 1936, la Ley Orgánica de Trabajo que regulaba la huelga y establecía el salario mínimo, algunas disposiciones sobre los derechos de los hijos "ilegítimos" y las reformas al Código Civil. Al comienzo, las relaciones con la Iglesia Católica fueron tensas por la oposición del arzobispo de Quito, Carlos María de la Torre, a las leyes de conquistas liberales y por la negativa del prelado a integrar la Junta Consultiva de Relaciones Exteriores. Aducía para ello, junto con dirigentes conservadores, que primero había que volver a la normalidad constitucional. Hubo injurias del Gobierno y de la prensa liberal y de Izquierda contra el arzobispo y el clero. Persiguió a la prensa velasquista y conservadora y limpió de velasquistas las escuelas y los concejos municipales. Pero el 28 de noviembre de 1936 se sublevó en Quito el regimiento Calderón que temía ser licenciado. Los soldados dieron muerte a su jefe y a algunos oficiales en lo que se denominó "la guerra de las cuatro horas". Páez y el ministro de Gobierno, Aurelio Bayas, atribuyeron el levantamiento a una conspiración bolchevique financiada por Moscú. Páez endureció la mano. Como afirma Pareja Diezcanseco: "Antes del 28 de noviembre, solíase decir del gobierno la dictablanda de don Federico. Luego, fue la dictadura, la tiranía, mejor. Porque don Federico se volvió feroz".
Esta ferocidad se mostró en la promulgación de la mal llamada Ley de Defensa Social que suprimió las principales garantías. Páez nombró autoridad policial a un nazi radicado en Ecuador. Creó contra la gente de letras una atmósfera de sospecha y represión, encarceló y desterró. Si la víctima podía costearse los pasajes, su destino era el exterior; de lo contrario, las desoladas Galápagos. Violó la libertad de correspondencia, prohibió la de reunión y fomentó el espionaje y la denuncia. Sancionó a El Universo de Guayaquil y clausuró El Día de Quito. En esta circunstancia buscó un acercamiento directo y sin intermediaciones con la Santa Sede. Aconsejado por el canciller Carlos Manuel Larrea y por el historiador Julio Tobar Donoso, suscribió un convenio con ella (Modus Vivendi) el 26 de julio de 1937. Lo firmaron, a nombre del papa Pío XI, el nuncio apostólico residente en Lima, Femando Cento, y, en nombre del Estado ecuatoriano, el canciller Larrea. En virtud de este acuerdo la Iglesia Católica recobraba su personalidad jurídica, recibía indemnizaciones parciales por los bienes eclesiásticos nacionalizados en 1908 y podía con mayores garantías mantener y abrir establecimientos de educación. El ideólogo conservador Jacinto Jijón y Caamaño anota secamente: "El deseo de entendimiento con el Vaticano nació en Páez de su viejo proyecto de construir un edificio moderno en el lugar en que se yergue el venerable e histórico convento de las monjas conceptas, y de su animadversión y antipatía al señor arzobispo".
Páez se empeñó en repatriar desde España los restos mortales del entonces Siervo de Dios Hermano Miguel de las Escuelas Cristianas, a quien había conocido durante su viaje a Europa. El jefe supremo recobró su popularidad en ese febrero de 1937. Pero cuando convocó una Constituyente que lo nombró presidente interino y lo habría de nombrar presidente constitucional, el Ejército dijo basta. Proclamó jefe supremo al general Alberto Enríquez Gallo. Éste disolvió la Asamblea y gobernó con espíritu civilista. Al asumir el mando, Páez había observado con humor que su nombramiento fue "una equivocación del Ejército". Al retirarse del mando, argüía en tono serio: "Como todos mis antecesores he sido víctima de las calumnias más atroces, no sólo yo sino mi señora y mi hija. Todo lo he soportado y soportaré en silencio. Tengo confianza en la justicia del pueblo".
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