JOSÉ MARÍA VELASCO IBARRA (1893-1979)

Por: Simón Espinosa Cordero

¿Queréis revolución? Hacedla primero dentro de vuestras almas, todos los días, sin amilanarse. Esa es la revolución: amor al progreso y a la justicia, venciendo todos los obstáculos". (Velasco Ibarras, Discursos)

PRIMERA PRESIDENCIA DE JOSÉ MARÍA VELASCO IBARRA
Presidente Encargado: Abelardo Montalvo: 20 de octubre de 1933 a 31 de agosto de 1944.
Período Presidencial: 1 de septiembre de 1934 a 21 de agosto de 1935.
Primera Dama: Esther Silva Burbano.
Vicepresidente: no había la función.

J. M. Velasco Ibarra

PRESIDENTE ENCARGADO

Previendo su destitución, el presidente Martínez Mera nombró ministro de Gobierno a Abelardo Montalvo para que dentro del orden constitucional se encargara de la presidencia. Montalvo, un liberal de cepa, había ya asumido el Poder en 1910 cuando el presidente Eloy Alfaro acudió a la frontera sur al frente de las tropas ecuatorianas.
Montalvo gobernó desde el 20 de octubre de 1933 hasta el 31 de agosto de 1934. En esos once meses, secundado por su ministro de Gobierno, el incorruptible José Rafael Bustamante, convocó a elecciones libres, fiscalizó la Empresa del Ferrocarril Quito-Guayaquil y, conforme a lo convenido en el Protocolo Ponce-Castro Oyanguren con el Perú en junio de 1924, pidió la venia del presidente de los Estados Unidos para situar en Wáshington las negociaciones definitivas entre Ecuador y Perú.
Convocadas las elecciones, se candidatizaron el capitán Colón Eloy Alfaro y Carlos Arroyo del Río por el Partido Liberal, Ricardo Paredes por el Partido Comunista, José María Velasco Ibarra por los conservadores compactados, y Carlos Zambrano Orejuela por el socialismo. Las elecciones se llevaron a cabo el 14 y 15 de noviembre de 1933. Velasco Ibarra triunfó con 51.848 votos. Zambrano obtuvo 11.028; Colón E. Alfaro, 945, y Paredes, 696 votos. Arroyo del Río se había retirado a tiempo.
El presidente electo recorrió las provincias y visitó algunos países de América del Sur: "Quise", dijo, "que el Ecuador abandonara el aislamiento tradicional, la timidez intemacional. Quise darle altivez en los reclamos internacionales".

EL VELASQUISMO

Velasco Ibarra gobernó en la crisis económica (1934-1935), en la post- crisis territorial (1944-1947), a comienzos del "boom" bananero (1952- 1956), a comienzos del tercermundismo castrista (1960-1961), y en la antesala del "boom" petrolero (1968- 1972). Trece años en el Poder y cuarenta años como referente obligado significaron una continuidad de influjo populista que contrastó con la inestabilidad.
El velasquismo tuvo como antecedente histórico el movimiento conservador Compactación Obrera Nacional surgido en Quito en torno a la candidatura de Neptalí Bonifaz.
El velasquismo ha sido interpretado desde diversos puntos de vista. Carlos de la Torre Espinosa, sociólogo que analizó la seducción velasquista de la década de 1940, afirma: "Los políticos contemporáneos de Velasco, en algún momento de sus vidas e independientemente de sus ideologías políticas, se definieron como velasquistas o antivelasquistas. Este movimiento político no atrajo sólo a las élites del país. Su papel más importante fue incorporar el sistema político a sectores hasta entonces excluidos del mismo... . Velasco Ibarra inauguró un nuevo estilo que incluía a votantes y no votantes: la política de masas".
Agustín Cueva, sociólogo marxista, ve a Velasco y el velasquismo "como un elemento de conservación del orden burgués", que "permitió al sistema absorber sus contradicciones más visibles y superar al menor costo sus peores crisis políticas manteniendo una fachada 'democrática', o por lo menos 'civil', con aparente consenso popular".
El ex presidente Osvaldo Hurtado matiza el juico de Cueva: 'Pero en el caso de que tales movimientos (populistas) no hubieran aparecido, cabe preguntarse si los marginados o los subproletarios... se habrían adherido a posiciones revolucionarias... (... ) ... Son los problemas personales circunstanciales y locales los que interesan a estos grupos sociales' (y no las ideas abstractas y las causas estructurales).
Y el sociólogo Oswaldo Barsky, estudioso de la reforma agraria ecuatoriana, aludiendo al libro de Pablo Cuvi Velasco Ibarra: el último caudillo de la oligarquía, opina que 'parece absolutamente fuera de lugar el haber ubicado a Velasco Ibarra como 'el último caudillo de la oligarquía' '.

EL CARISMA DE VELASCO

También se ha cavilado sobre la compleja personalidad de Velasco. El historiador Alfredo Pareja Diezcanseco confiesa que "es muy difícil definir ideológicamente a Velasco Ibarra. En general tratábase de un liberal católico, con afán de reformas y pasión constructora, muchas veces improvisada... (... ) ... Sería muy injusto juzgar su dinamismo sólo por razones demagógicas o por afán de espectáculo. Ha de creerse que hay razones más hondas que lo expliquen: una prisa febril, una desconfianza del tiempo, un temor al prematuro final, una carrera de velocidad improvisada contra la circunstancia objetiva. Todo ello alimentado por su indiferencia hacia una doctrina política homogéneamente conformada y por la rebeldía de un carácter introvertido, devorador de libros y lanzado de pronto a la vida exterior como un tremendo impacto de fuerzas interiores en lucha".
El sociólogo Esteban del Campo subraya el carisma del líder populista: "Sería absurdo negar que, desde su aparecimiento, José María Velasco Ibarra ha descollado en la vida política ecuatoriana debido a cualidades de verdadero líder, a peculiaridades de su personalidad que no han tenido paralelo en nuestra historia contemporánea... (... ) ... El liderazgo carismático de Velasco Ibarra ha tendido hacia un 'bonapartismo' (personalismo independiente de los partidos) tanto más acentuado si tomamos en cuenta la ambigua posición ideológica que le ha caracterizado".

"EL PROFETA"

José María Velasco Ibarra nació en Quito el 11 de marzo de 1893. Su padre, Alejandrino Velasco Sardá, ingeniero formado en la Escuela Politécnica fundada por Gabriel García Moreno, pertenecía a una familia de ascendencia colombiana. Su madre, Delia Ibarra Soberón, influyó en los valores del hijo: "Yo no asistí a la escuela. La geografía, la aritmética, la historia, la gramática, las ciencias, todo me lo enseñó mi madre. Ella fue madre y consejera, maestra e inspiradora de mi vida". Estudió la secundaria en el Seminario Menor San Luis y en el Colegio San Gabriel de los jesuitas, ambos en Quito. A los 29 años de edad se graduó de jurisconsulto en la Universidad Central del Ecuador con una tesis doctoral sobre el sindicalismo.
Trabajó en la docencia universitaria, en la secretaría del Consejo de Estado, en la sindicatura de la Municipalidad de Quito y de la Asistencia Pública. Entre 1920 y 1929, con el seudónimo de "Labriolle" escribió ensayos para "El Comercio" de Quito y con su nombre propio, los libros Cuestiones americanas, Democracia y constitucionalismo, Estudios varios, Meditaciones y luchas.
En 1930 estudió Filosofía del Arte y Derecho Internacional en la Sorbona y el Colegio de Francia. Ausente aún en Europa, fue elegido diputado por Pichincha. Participó en el Congreso de 1932, donde junto a los conservadores defendió con elocuencia la idoneidad constitucional del presidente electo Neptalí Bonifaz. En el de 1933, impugnó con igual elocuencia e iguales argumentos la incapacidad constitucional del presidente en ejercicio Juan de Dios Martínez Mera, cuya destitución lideró. Aunque más tarde diría "yo no amo el poder, yo amo la gloria", aceptó postularse para la presidencia. Cristianinismo y maquiavelismo se amalgamaban sin sobresaltos en su espíritu: "Jóvenes, guardad el Evangelio bajo la almohada durante la noche y tened el Maquiavelo durante el día", habría de aconsejar más tarde a unos estudiantes de Medicina.
Elegido presidente en 1934 y depuesto en 1935, tuvo que exiliarse en la ciudad de Sevilla, en el Valle del Cauca, Colombia, donde para ganarse la vida, enseñó en una escuela. Allí escribió Conciencia y Barbarie, ensayo sobre su primera experiencia presidencial. "El destierro es doloroso, pero moralmente provechoso y sano como todo dolor virilmente sufrido", escribía a un amigo. De Sevilla pasó a radicarse en Buenos Aires. Cada vez que Velasco el político naufragaba, la capital argentina habría de convertirse en el puerto al que recalaría, su lugar de residencia preferido. Divorciado de la ecuatoriana Esther Silva Burbano, contrajo matrimonio con la argentina Corina Parral Durán, que se convirtió en madre, compañera, consejera y puerto afectivo y espiritual de la soledad de "El Profeta" que un día confesó " yo no conozco la melancolía, señor".
En 1940 perdió las elecciones. La aviación militar de la Base Aérea Simón Bolívar considerando fraudulento el triunfo de Carlos Arroyo del Río, se sublevó para entregar el Poder al legítimo ganador Velasco Ibarrra. Apresado éste, fue exiliado a Medellín, Colombia, de donde pasó a Buenos Aires y a Santiago de Chile. Desde estas ciudades dirigió la oposición. Luego de la derrota militar de 1941 y del Tratado de Río de Janeiro, pidió la renuncia del presidente ecuatoriano, conformó Alianza Democrática, un frente político que unió las fuerzas populistas, conservadoras, socialistas y comunistas contra Arroyo del Río, y se trasladó a Pasto, Colombia, para esperar la caída del presidente. Consumada la revolución popular del 28 de mayo de 1944 ("La Gloriosa"), Alianza Democrática lo llamó. "El Gran Ausente" fue recibido como un mesías liberador. El pueblo deliraba gozoso. Al cabo de tres años Velasco Ibarra, traicionado por su ministro de Defensa, conoció de nuevo el exilio: Quito, Santiago, Buenos Aires. Corría 1947.
Se dedicó de lleno a la docencia del Derecho Constitucional e Internacional en la Universidad de La Plata, Argentina; pero renunció a la cátedra "en defensa de mi dignidad doctrinaria ante las locuras de la señora Perón empeñada en convertir en manicomio lo poco de bueno que queda en América", y se marchó a Caracas, Venezuela, a ganarse la vida enseñando esas mismas materias. En estos años porteños y caraquenses escribió Tragedia humana y cristianismo, que respondía al espíritu existencialista de la cultura europea pero también a su propio desencanto. "Me angustia un poco el futuro de mi vida", confesaba a un amigo.
De regreso a Buenos Aires se le aclaró el futuro. Le solicitaban que volviese a postularse a la presidencia. Ganó con facilidad las elecciones, gobernó entre 1952 y 1956 y, entregado el Poder, vivió por unos meses en Ecuador. Una frase de Camilo Ponce Enríquez, su sucesor, mortificó a Velasco, que prefirió retirarse a Montevideo, Uruguay, patria del ensayista José Enrique Rodó, uno de sus ídolos, donde enseñtó por un tiempo. La frase de Ponce fue: "He sido elegido presidente de la República y no síndico de una quiebra". Retornó a Buenos Aires a su cátedra y a su correspondencia, atacó a Ponce y, en noviembre de 1959, decidió aceptar la postulación que para la cuarta presidencia le ofrecían los dirigentes velasquistas de todo el país. Vino, habló y venció. Hizo una campaña apoteósica. Nunca antes su palabra había sonado tan convincente ni su emoción nacionalista había generado tanta electricidad. El 48.7 por ciento de los votantes confió en él. Pero no logró terminar este cuarto período. El Congreso lo sustituyó por el vicepresidente Carlos Julio Arosernena Monroy.
Y de nuevo a Buenos Aires. Se dedicó a escribir Caos político en el mundo contemporáneo, Servidumbre y liberación, Filosofía negativa y mística creadora. Este último ensayo publicado póstumamente es una apología de aquellos que luchan por la justicia incluido el "mismísimo Stalin, a más de Ernesto Guevara, Regis Debray y los guerrilleros de Nicaragua".
En 1968, reunificado el velasquismo, volvió Velasco y ganó las elecciones. Su pensamiento social se había radicalizado. Al cabo de dos años de gobierno, desconoció la Constitución y asumió todos los poderes a fin de cumplir el mandato que le había dado el pueblo. "¿Qué es la oligarquía?", se preguntaba. Y se respondía: "La supeditación del interés nacional al interés de los detentadores de la plata". Por eso, "si es menester aplastar a la oligarquía para que triunfe la razón, la justicia y el derecho, no vacilaremos en aplastarla". A cinco meses de terminar este quinto mandato fue depuesto por las Fuerzas Armadas en febrero de 1972. Era el Martes de Carnaval. El Miércoles de Ceniza, vía Panarná, volaba a Buenos Aires. Atacó vigorosamente al nuevo Gobierno. Entre 1972 y 1973 dictó varias conferencias en Buenos Aires y Santa Fe. Hasta 1979 se dedicó preferentemente a la lectura de temas teológicos e históricos, a escribir cartas, a pasear por la calle de Florida, a vivir como siempre, y aún más, una vida austera, disciplinada, severa. Seguía con interés el curso de los gobiernos militares. Criticó la fórmula escogida para retornar a la vida democrática. Convocadas las elecciones por el Consejo Supremo de Gobierno (militar), hubo quienes le propusieron comandar el sexto velasquismo. Su respuesta fue tajante: "Yo tengo 84 años, tengo un riñón menos, mi memoria e imaginación retentiva están fallando... Mi edad me obliga a proceder austeramente renunciando a la fatua vanidad".
En febrero de 1979 murió su esposa. El periodista argentino Jorge Gotling escribió: "Velasco Ibarra se había despedido de la vida hacía poco más de un mes, en Buenos Aires, el mismo día en que se hizo anciano. La misma tarde en la que un colectivo porteño arrolló a su esposa. Corina Parral le quitó la vida y, simultáneamente, demolió para siempre el espíritu de un luchador inclaudicable". Al mes de enterrar en Quito a su esposa, "el imbatible combatiente, el orador de inteligencia fulgurante, el señor de los pobres, el caudillo civil por excelencia, abandona el mundo de los vivos y en hombros del pueblo es llevado a su última morada", reseña su amigo y partidario Rafael Arízaga Vega. Hizo frío en Quito ese 30 de marzo de 1979. Velasco Ibarra tenía 86 años de edad recién cumplidos.

LA TROMBA

Velasco Ibarra se posesionó el primero de septiembre de 1934 y empezó a gobernar como una triple tromba: de acción, de palabras y de precipitaciones. Nombró un gabinete liberal con un conservador en Relaciones Exteriores. En su primer mensaje al Congreso presentó el plan de Gobierno: garantía a las libertades públicas, respeto a la voluntad popular, laicismo en el sistema educativo oficial, pero benevolencia con la libertad de enseñanza, esto es, con la educación particular predominantemente católica. Pidió al Congreso que aprobara el plan económico elaborado por el banquero guayaquileño Víctor Emilio Estrada, su ministro de Hacienda. Pidió también que estudiara a fondo un plan de Obras Públicas y la refonna de los códigos Civil y Penal más la reforma Judicial.
Pero este plan de Gobierno fue, de hecho, entorpecido por la pugna de poderes entre el Ejecutivo y el Legislativo. Los numerosos liberales en el Congreso quisieron propinar a Velasco Ibarra la misma medicina que él había dado a Martínez Mera.
No hubo votos de desconfianza, sino un torrente cotidiano de acusaciones mutuas. La Cámara de Diputados rechazó el Plan íntegral de Estrada, quien presentó la renuncia. El Ejecutivo perdía un experto en crisis económica. Velasco se vengó nombrando ministro de Hacienda al principal opositor a ese plan. Se perdió, así, la oportunidad de estabilizar la moneda e iniciar la necesaria reforma económica.
El Congreso criticó también la política internacional con Colombia, cuya amistad buscaba el Gobierno. Esta doble pugna generó una lucha entre Velasco Ibarra y la prensa liberal y socialista. El Debate, diario quiteño que defendía los principios conservadores y pretendía que Velasco coartara la enseñanza laica, se convirtió en encarnizado opositor. Velasco se defendía diciendo que él creía que las libertades eran tesis mientras que los conservadores creían que eran hipótesis. Como la oposición liberal articulada por Carlos Arroyo del Río desde el Congreso iba ganado terreno, Velasco apresó al dirigente Navarro Allende y amenazó hacer lo mismo con el poderoso Arroyo del Río.
A pesar de la pugna, Velasco Ibarra impuso un ritmo de trabajo y de control, inusitados en la Administración Pública. El presidente aparecía en todas partes, impulsó la agricultura con canales de riego y caminos vecinales, creó el Gimnasio Educacional Femenino -hoy Colegio Veinticuatro de Mayo-, la Escuela Experimental de Tumbaco y la Granja Agrícola de Tulcán; empezó el edificio del Colegio Vicente Rocafuerte y contrató la aduana y el muelle de Guayaquil; reabrió la Escuela Politécnica Nacional, pero desde el 18 de diciembre de 1934 hasta el 18 de febrero de 1935 clausuró la Universidad Central por no responder a la misión de ética y cultura a la que se debía. Éste no fue sino un pretexto semiverdadero para castigarla por la agitación política estudiantil.
Acosado por la Asamblea Liberal sectaria en materia de educación, incomprendido por su propio Gabinete que fue totalmente renovado, Velasco acuñó la frase 'la soledad del Poder'. Para mitigarla acudía al pueblo. De esta manera iba a germinar el velasquismo, 'la chusma sublime', la masa 'intuitiva'. Los periodistas más avi-sados de la época -Jorge Reyes, Gerardo Falconí, 'Martense', 'Lucas Noespinto'- predecían que el Congreso destituiría a Velasco. No ocurrió así. Como Arroyo del Río, presidente del Congreso, sabía que el pueblo y también algunos diputados respaldaban al presidente, decidió dar la batalla en el Senado. Y puesto que las barras velasquistas no dejaban sesionar, pidió la intervención del Ejército 'para controlar el orden y proteger la vida de los legisladores'. Ante la negativa del ministro de Defensa, Arroyo suspendió las sesiones del Senado. Velasco, precipitadamente, decretó la disolución del Congreso el 20 de agosto de 1935 y convocó a una Constituyente para el 12 de octubre.
La guarnición militar de Quito, antivelasquista, no aceptó el decreto por inconstitucional, apresó al presidente, le obligó a que presentara su renuncia ante el Congreso y entregó el Poder al ministro de Gobierno, Antonio Pons, hasta la terminación del período presidencial en 1938. 'Mi caída fue obra de la oligarquía jacobina y machetera', escribió Velasco en Conciencia y Barbarie. Y acuñó otra frase célebre: 'Me precipité sobre las bayonetas'.
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