El jesuíta Juan Bautista Aguirre fue un cristal bruñido en el que el sol de la cultura produjo innumerables reverberaciones. Poeta gongorista de la incierta brevedad de la existencia humana; poeta barroco que exalta con bella desmesura a los héroes inmortales; poeta travieso con los ojos de las damas; poeta satírico con los tontos y con las ciudades atrasadas; orador sagrado; filósofo, amable e ilustrado consultor de obispos, cardenales y papas. Aguirre fue una montaña en el panorama ecuatoriano del siglo XVIII.
Nacido en 1725 en la ciudad de Daule, hizo su profesión solemne de cuatro votos en 1758 como miembro de la Compañía de Jesús. Enseñó en Quito en la afamada Universidad de San Gregorio Magno hasta que los jesuitas fueron expulsados de Hispanoamérica en 1767. Hallábase entonces en Guayaquil de donde partió el 20 de agosto a Panamá y un año después desembarcó en Cádiz y siguió hasta Faenza, Italia, lugar de confinamiento para los jesuitas quiteños.
Juan B. Aguirre
Superior del convento jesuita en Rávena y rector del colegio en Ferrara donde fue nombrado asesor canónico del arzobispo. Extinguida la orden de los jesuitas por el Papa Clemente XIV en 1773, fijó su residencia en Roma bajo el pontificado de Pío VI. Hizo amistad con el obispo de Tívoli, monseñor Gregorio Bamaba Chiaramonti, futuro Pío VII. Allí murió a los 61 años de edad en 1786.
Dice el humanista Aurelio Espinosa Pólit refiriéndose al crítico quiteño que reivindicó el valor de la poesía gongorista de Aguirre tan despreciada por Eugenio Espejo y Juan León Mera: "Ha logrado el señor Gonzalo Zaldumbide la dicha y honra más grande a que puede aspirar un crítico: ha descubierto en el cielo de nuestra Colonia el astro de genuina magnitud y brillantez, por el que Ecuador cobra desde hoy el derecho para figurar honrosamente en la literatura colonial americana".
"Este de rocas promontorio adusto/ freno es al aire y a los cielos susto" canta con desenfrenado brío a San Ignacio de Loyola. "Ojos cuyas niñas bellas/ esmaltan mil arreboles,/ mucho sois para ser soles,/ pocos para ser estrellas" piropea, entre coquetón y galante, a una dama imaginaria. Aguirre -que tuvo un gran ojo para pintar las miserias de la capital- escribe: "Este es el Quito famoso/ y yo te digo, jocundo,/ que es el sobaco del mundo/ viéndole tan asqueroso".
Se deleita con su patria chica: "Guayaquil, ciudad hermosa,/ de la América guirnalda,/ de tierra bella esmeralda/ y del mar perla preciosa"/. Comenta con ingeniosa crueldad: "Zoilo, ayer tarde por chiste un quídam te dijo tonto/ y tú por vengarte pronto,/ ¡Adulador!, le dijiste./ Y a la verdad que lo era,/ el que tonto te llamó,/ pues tú no eres tonto, no, / sino la misma tontera".
Estudios recientes han puesto en claro la calidad docente de Aguirre, su agudeza para la Metafísica, su equilibrio para la Moral, y sobre todo su mente abierta para incorporar en el estudio dé la Física (Ciencias) los avances adquiridos por observación directa y lecturas actualizadas y con el trato a tos académicos franceses que estuvieron en Quito por el sistema métrico decimal. En 1757, cuando Espejo tenía 10 años de edad, Aguirre afirmaba que "toda enfermedad y peste tiene como causa única los malignos vermículos, es decir, los malignos gusanillos que se ven en el microscopio"
Algo había de encantador en el trato social de Aguirre. Cuando no estaba poseído por el demonio de la melancolía o cuando no se dejaba llevar de cierta vulgaridad campesina, era un personaje que atraía por su carisma, agradaba por su gracejo, causaba admiración por su ciencia y era el consejero buscado por la gente común, la nobleza italiana, los obispos y el Papa.
De él quedan seis obras publicadas, tres inéditas en latín y noticias de siete perdidas. El propio Aguirre sintetizó su vida: "Yo clavel bello un tiempo me miraba/ desdén hermoso de plebeyas flores/; más de la envidia el huracán airado/ marchito me ha dejado".