Nació en Cuenca. Hizo sus estudios en la misma ciudad, en cuya Universidad obtuvo el título de abogado. Aunque se ha revelado contrario a agremiarse en ningún grupo de escritores, se acostumbra a ubicarlo dentro de la generación de "Madrugada". Actualmente es miembro de la Sección de Literatura de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Ha viajado mucho, por América y Europa. Vanegas Andrade es un poeta que ha seguido su camino sin desmayo, sin desalientos, altamente convencido de que el ejercicio lírico es un aprendizaje de cada día, alimentado por la suma contradictoria de las experiencias personales y por la entrega paulatina, difícil, de las huideras formas del arte verdadero. Eso es fácil advertirlo siguiendo la huella de su propio itinerario. En "Estación del abismo", su libro de 1949, y en "Ubicación del hombre" que apareció en 1951, se dejan ya notar sus atributos de poeta...
En la antología que se publicó en Cuenca, en 1965, bajo el título de "Tres poetas ecuatorianos", los versos de Vanegas ocupan quizás un lugar subalterno con respecto a los de sus compañeros Jacinto Cordero Espinosa y Eugenio Moreno Heredia... Poemas como "Ecuador padre nuestro", "Baltra", o "Un niño duerme en un cementerio lejano" (elegía de valor equiparable a la que escribió para su "hijo de la luz y la sombra" el genial poeta español Miguel Hernández) no pueden ser olvidados en la literatura del Ecuador. De manera que fue difícil que Vanegas Andrade se colocara en la posición singularísima de sus dos conrráneos, compañeros de su Grupo "Madrugada". Pero, algo más tarde, con "Señales de la erranza", que se editó en 1969, ascendió a un primer plano, indisputable...
En "Señales de la erranza" está el testimonio de sus impresiones viajeras a lo largo de muchas ciudades: Arica, Santiago, Valparaíso, la Paz, Asunción, Río de Janeiro, Mar del Plata, París, Moscú, Praga, entre otras. Pero en sus imágenes no hay casi la consabida nota colorista de este tipo de descripciones, sino el trémolo de una humanísima preocupación social y la cálida confidencia de las soledades íntimas, las ternuras, los desahogos eróticos, los encuentros sentimentales que ha experimentado el autor en su tan sugestivo itinerario. Y todo ello ha encontrado un estilo de límpida fluidez, en que las metáforas se usan con sencillez y propiedad.
Fuente: Galo René Pérez, Literatura del Ecuador 400 años –crítica y selecciones-, ediciones Abya-Yala, Quito-Ecuador, 2001. |