TEODORO VANEGAS ANDRADE (1926)

Nació en Cuenca. Hizo sus estudios en la misma ciudad, en cuya Universidad obtuvo el título de abogado. Aunque se ha revelado contrario a agremiarse en ningún grupo de es­critores, se acostumbra a ubicarlo dentro de la generación de "Madrugada". Actualmente es miembro de la Sección de Literatura de la Ca­sa de la Cultura Ecuatoriana. Ha viajado mu­cho, por América y Europa. Vanegas Andrade es un poeta que ha seguido su camino sin desmayo, sin desalien­tos, altamente convencido de que el ejercicio lírico es un aprendizaje de cada día, alimen­tado por la suma contradictoria de las expe­riencias personales y por la entrega paulatina, difícil, de las huideras formas del arte verda­dero. Eso es fácil advertirlo siguiendo la hue­lla de su propio itinerario. En "Estación del abismo", su libro de 1949, y en "Ubicación del hombre" que apareció en 1951, se dejan ya notar sus atributos de poeta...

 

En la antología que se publicó en Cuenca, en 1965, bajo el título de "Tres poetas ecuatorianos", los versos de Vanegas ocupan quizás un lugar subalterno con respecto a los de sus compa­ñeros Jacinto Cordero Espinosa y Eugenio Mo­reno Heredia... Poemas como "Ecua­dor padre nuestro", "Baltra", o "Un niño duer­me en un cementerio lejano" (elegía de valor equiparable a la que escribió para su "hijo de la luz y la sombra" el genial poeta español Miguel Hernández) no pueden ser olvidados en la literatura del Ecuador. De manera que fue difícil que Vanegas Andrade se colocara en la posición singularísima de sus dos conrráneos, compañeros de su Grupo "Madruga­da". Pero, algo más tarde, con "Señales de la erranza", que se editó en 1969, ascendió a un primer plano, indisputable...

 

En "Señales de la erranza" está el testimonio de sus impresiones viajeras a lo largo de muchas ciudades: Arica, Santiago, Valparaíso, la Paz, Asunción, Río de Janeiro, Mar del Plata, París, Moscú, Praga, entre otras. Pero en sus imágenes no hay casi la consabida nota colorista de este tipo de des­cripciones, sino el trémolo de una humanísi­ma preocupación social y la cálida confiden­cia de las soledades íntimas, las ternuras, los desahogos eróticos, los encuentros sentimen­tales que ha experimentado el autor en su tan sugestivo itinerario. Y todo ello ha encontrado un estilo de límpida fluidez, en que las metá­foras se usan con sencillez y propiedad.

 

Fuente: Galo René Pérez, Literatura del Ecuador 400 años –crítica y selecciones-, ediciones Abya-Yala, Quito-Ecuador, 2001.

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