PABLO PALACIO (1906 - 1946)

Nació en la ciudad de Loja. Pasó fu­gazmente por las aulas y la cátedra universi­taria y la vida pública ecuatoriana, pues su singularísima inteligencia tuvo la trágica declinación de la locura. Palacio murió en un manicomio a los cuarenta años de edad. Tres libros de narración componen to­do su patrimonio literario: "Un hombre muer­to a puntapiés", "Débora" y "Vida del Ahorca­do". Pero lo desconcertante constituye el signo de ellos, y solamente la personalidad de Pablo Palacio -partida entre la sombra y la luz- podía haberlos creado.

 

... Se podrá pasar y repasar por las pági­nas de la literatura ecuatoriana, y no se dará con un nombre que acompañe al suyo por motivos de semejanza. Pablo Palacio es un autor solitario, acaso como ningún otro en el amplio conjunto de nuestras letras. Esto no quiere decir que él sea el mayor, ni el menos imitable. Se yergue señero porque su temperamento, transido de reacciones contradicto­rias, que determinaron precipitándole en la locura, se mantiene único todavía. Habría ne­cesidad de que comparecieran las mismas cir­cunstancias desventuradas, seguramente mór­bidas, que obraron en su alma, para que se diera un caso parejo al suyo. Su obra de madurez, en la que transparecen las cualidades de la experiencia litera­ria, es "Vida del Ahorcado". Pablo Palacio la llamó novela subjetiva. ¿Será eso, en verdad? Quien quiera hallarle argumento, fracasará se­guramente.

 

El autor habla en primera persona, encarnado en la figura que discurre por esas páginas, y va despellejando sus ideas, sus ob­sesiones, aquel su mundo azotado por impre­siones antagónicas. Y corta el hilo de su narra­ción a cada instante, no tanto por voluntad ar­tística ni caprichoso afán de originalidad, cuanto porque esas incoherencias, son las que reclaman a su espíritu ciegamente. Casi no hay capítulo en donde no se interrumpa de pronto el curso normal de sus ideas, para to­mar un sesgo insospechado, para lanzar algu­na expresión aislada y subitánea, a manera de dardo que se pierde en el vacío. El lector de­be cobrar cierta elasticidad para saltar de ra­ma en rama, entre zonas de aire. Se da cuen­ta, desde el comienzo de su aventura, que no hay la anunciada novela subjetiva...

 

El mundo creado por Pablo Palacio parece que obligara a las cosas a perder gravidez. La realidad se transfigura al tocar en su mente..., su manera de ver el mundo es bastante personal, y en muchas partes agu­dísima. Defiende su propia soledad, casi de modo obsesivo. "No me toques -dice en un párrafo de su libro- ¿Qué derecho tienes pa­ra tocarme? Mi piel es mía. Somos extraños el uno al otro y de repente estás tú aquí, atisbándome, violando mi intimidad, turbándome. Tus ojos los tengo en todas partes. Sobre mis espaldas, sobre mis manos, sobre mis cabe­llos, en mi pensamiento". La inquietud hacia la demencia apare­ce y torna a aparecer en mas de una página. ¿Presentimiento quizás? Repárese en lo que le dice a uno de los fantasmas de su "Vida del Ahorcado": "justamente como el parásito que ha tenido el acierto de localizarse en tu cere­bro y que te congestionará uno de estos días, sin anuncio ni remordimiento"....

 

En "Un hombre muerto a puntapiés", dice Pala­cio: "Lo cierto es que reí de satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés. Era lo más gra­cioso, lo más hilarante de cuanto para mi po­día suceder". Y continúa en otro párrafo:  "Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro consideró que era muy poco castigo un puntapié, le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el gé­nero, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha. ¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés! Como el aplas­tarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos...

 

 "Un hombre muerto a puntapiés"..., constituye una de las narraciones maestras de la literatura ecuatoriana, y revela la excepcional capacidad de Pablo Palacio para ese género). Y si tan impiadoso es el espíritu con que este autor entra en sus temas, explicable es que use la ironía, la apreciación dura, el es­tilo descarnado e hiriente, como sus recursos literarios habituales.

 

... En el breve conjunto de su producción admira, en fin, su agudeza para penetrar en las más íntimas reconditeces del alma, y des­de luego la fuerza impar con que expone sus impresiones.

 

Fuente: Galo René Pérez, Literatura del Ecuador 400 años –crítica y selecciones-, ediciones Abya-Yala, Quito-Ecuador, 2001.

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