JOSÉ DE LA CUADRA (1903 - 1941)

Nació en la ciudad de Guayaquil. Allí mismo se doctoró en leyes. Su vida estudian­til no pasó inadvertida. Fundó asociaciones universitarias. Intervino en actos culturales. Dio a conocer las primicias de su talento literario. El entusiasmo persistió más allá de las aulas, con esa misma doble proyección de los hechos y las ideas. Fue profesor de colegio y universidad. Hombre público. Ejerció la Se­cretaría General de la Administración y misio­nes consulares del Ecuador. Y simultáneamen­te fue enriqueciendo las letras con cuentos magistrales. Su muerte, ocurrida a los treinta y siete años de edad, cortó una obra en ascen­sión admirable. Es evidente que su temprana madurez se hizo notar en los años treinta con una pro­ducción abundante y homogénea, que no ce­saba de aparecer bajo el rigor de una clarísi­ma inteligencia y las demandas de un gusto bien cultivado.

 

En el corto lapso de menos de un decenio consiguió De la Cuadra la crea­ción de cuentos, novelas, artículos y ensayos que tienen más cualidades de solidez y gracia que los trabajos que otros se han esforzado en realizar en un tiempo tres veces mayor... Para la fecha en que publicó "Oro de sol" (1925) en las prensas del diario guayaquileño El Te­légrafo, y cuyo contenido eran dos narracio­nes de alguna extensión tituladas "Nieta de Libertadores" y "El Extraño paladín", los indi­cios de su capacidad de cuentista se insinua­ban ya con mayor firmeza y nitidez...

 

En 1930 apareció una antología con seis de sus relatos, que volvió a editarse en Madrid en 1932. El ojo del crítico puede ad­vertir fácilmente en ese volumen -titulado "El amor que dormía"- la evolución que se ha cumplido en el inteligente ejercicio narra­tivo de José de la Cuadra. Su lenguaje es más sobrio y eficaz. Mucho mejor el ensamble de los episodios. Más natural la manera de pre­sentarlos. Ha aprendido a dominar con segu­ridad los secretos del buen narrador, mante­niendo viva la expectación del lector hasta el punto final. En aquella antología sobresale "El maestro de escuela", novela corta en la cual los personajes actúan, sienten y hablan como criaturas que realmente existieran frente a nuestros ojos...

 

En 1931 apare­ció su haz de narraciones titulado "Repisas". Entre todas ellas destaca la que lleva el nom­bre de "Chumbóte", que consiste en la histo­ria de un pobre muchacho costeño contra el que los patrones descargan diariamente su sevicia...

 

Después publicó un libro aun más homogéneo en la calidad de sus narraciones: "Horno". Ello fue en 1932 , en Guayaquil. Una segunda edición se hizo en 1940, en Buenos Aires. Contiene doce relatos...  En­tre los cuentos de aquel libro conviene recor­dar por lo menos "Olor de cacao", clásico ejemplo de fuerza y de gracia... Y entre las novelinas, hay que nom­brar siquiera a dos, que son estupendas y que no deberían faltar en las antologías hispanoa­mericanas: "Banda de pueblo" y "La Tigra"...

 

De la Cuadra escri­bió dos novelas: "Los Sangurimas" (Madrid, 1934) y "Los monos enloquecidos" (apareci­da en Quito, 1951, en edición póstuma y frag­mentaria). "Los Sangurimas", o "novela montuvia" como la llamó el autor, no tiene el sopor­te de la novela tradicional.

 

Fuente: Galo René Pérez, Literatura del Ecuador 400 años –crítica y selecciones-, ediciones Abya-Yala, Quito-Ecuador, 2001.

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