Nació en la ciudad de Guayaquil. Entró muy joven en la orden jesuítica de Quito. Sus estudios le llevaron al ejercicio de la cátedra. Fue Maestro de Mayores y Retórica en el Seminario de San Luis, instituto docente en el que se formaron algunas de las figuras notables de la época. Uno de sus discípulos fue Jacinto de Evia, que le guardó una declarada admiración literaria. Al punto de que se afanó en publicar la antología del "Ramillete" para "ofrecer -él lo dice- a la florida juventud los versos que pude recoger de mi Maestro". Los catorce últimos años de su vida los pasó Bastidas en Colombia, entregado al magisterio.
Su producción poética puede llamarse numerosa, pero adolece de frecuentes altibajos. Bastidas no poseyó una conciencia estética que le garantizara un nivel estable. Los aciertos le fueron esquivos. De una gracia lírica evidente pasó sin transición, en el mismo poema, a una notoria cursilería. Hay versos en que consiguió la flexibilidad y dulzura propias del maestro que se ha familiarizado con algunos encantos recónditos del idioma, pero por desgracia se despeñó de ellos a expresiones incipientemente elaboradas en que la voz se le tornó bronca, áspera, deficiente...
Los temas de la poesía de Bastidas también limitaron su capacidad, avasallaron sus impulsos, cegaron toda vertiente de sinceridad, convirtieron en simple gesticulación externa el movimiento de la emoción. La época le hizo a Bastidas un poeta de compromiso y de certámenes constrictores. Escribió para elogiar a reyes y autoridades de España. A veces doblegándose hasta las actitudes del adulo. Abunda en hipérboles, en comparaciones ingenuas... A pesar de sus deméritos.., es quizás el mejor glosador de los pocos con que cuenta la poesía ecuatoriana. Y su más estimable glosa es tal vez la que tituló "A la flor de la temprana muerte del Príncipe don Baltazar Carlos". Desarrolló en ella el asunto que se había señalado en la siguiente estrofa:
"Admirad, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer Lis de España fui,
hoy flor de ese cielo soy".
Empleando el octosílabo como en la estancia propuesta, e interpolando tales versos en los suyos propios, como es el estilo de la glosa, compuso una sugestiva elegía en que el símbolo de la flor expresa ya la hermosura, ya la fragilidad de la vida, ya la luz estelar que se abre en el fondo celeste del más allá... escribió liras, romances, canciones, décimas...
Fuente: Galo René Pérez, Literatura del Ecuador 400 años –crítica y selecciones-, ediciones Abya-Yala, Quito-Ecuador, 2001. |